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Mundos íntimos. Los silencios de Malvinas y una familia partida: mi hermano viajó a Brasil para no ir a esa guerra

La guerra de Malvinas representó un parteaguas en nuestra historia familiar y, especialmente, en la de mi hermano. Cuarenta y un años después, escribo rearmando recuerdos de un espejo roto o, tal vez, de un mapa partido. Porque, Malvinas mediante, mi hermano, Robi, terminó viviendo en Brasil, agregando otro inesperado capítulo migratorio en la cronología de mi familia.

Hasta que se produjo el desembarco de tropas en las islas, llevábamos una vida típica de clase media. Por nuestro departamento algo venido a menos en el barrio de Colegiales resonaban dos lenguas: el alemán y el español. Éramos una familia de ascendencia judía alemana como tantas.

Susi, Gabi y Robi Mayer. Los tres hermanos cuando todavía vivían juntos en Buenos Aires.

Susi, Gabi y Robi Mayer. Los tres hermanos cuando todavía vivían juntos en Buenos Aires.
Después de haber concluido el servicio militar, Robi había empezado a cursar en la Facultad de Ciencias Exactas. Mi hermana, Susi, finalizaba el bachillerato bilingüe. Yo estaba en el último año de primaria, en la misma escuela cerca de casa. Mamá era secretaria part time y papá, un cuentapropista acumulador de fracasos.

Los sábados alternábamos visitas a nuestras abuelas para tomar el té. Los domingos, mamá nos llevaba en la ruidosa DKW rural hasta el club de zona sur donde había conocido a papá. Él rara vez solía venir; hacía una vida aparte. Rutinas simples que ofrecían certezas y muy pronto iban a volar en pedazos.

Las reminiscencias de la mañana del 2 de abril de 1982 regresan en pinceladas caprichosas. Como si ellas también hubieran quedado envueltas en ese “manto de neblinas” de la marcha que aprendimos en el colegio. Entreveo a uno de mis maestros gritando en el patio escolar “a estos malditos ingleses les sacamos las Malvinas”.

Episodio que se convirtió en disparador de “Ahora están todos contentos”, uno de los cuentos centrales de mi último libro, “Sueños como cuchillos” (Milena Caserola). Escribir ese relato era una deuda pendiente hacía muchísimo tiempo. Y recién logré saldarla casi cuatro décadas después.

Por entonces, tenía diez años y estaba en sexto grado. No era habitual que un docente diera rienda suelta a sus emociones delante del alumnado, pero durante esa particular jornada parecían haberse ampliado notoriamente esos permisos.

Me acuerdo de haber vuelto entusiasmada a casa, con ganas de comentar el acontecimiento en boca de todo el mundo. Palabras, fechas y conceptos a los que antes jamás les había prestado atención comenzaban a resonar en mi cabeza. Soberanía. Archipiélago. Puerto Argentino. Plataforma continental. Mar Argentino. 1833, invasión inglesa. Pero, ni bien crucé la puerta, percibí una atmósfera de preocupación en el departamento de Colegiales. Un ambiente tenso que se contraponía al fervor por la reconquista de las islas.

Hubiera querido que se alegraran, como en tantos otros hogares, pero no ocurrió. No pasó demasiado tiempo hasta que mamá me explicó los motivos. En casa descreían de esa guerra que iba a librarse en los confines del Atlántico Sur contra los ingleses. Podría afirmarse que mis padres eran poco versados en política internacional, nacional y sus respectivos laberintos. Sin embargo, gracias a sus experiencias de vida, habían desarrollado una convicción pacifista.

Y había otra poderosa razón. Mi hermano había terminado el servicio militar menos de un año antes. A partir del desembarco, existía la posibilidad concreta de que, si se necesitaban reclutar soldados, lo llamaran a pelear en defensa de la soberanía de las Malvinas.

Pero su vocación antibelicista no había hecho más que reforzarse durante la conscripción. Sus estudios de armonía, contrapunto y composición en el conservatorio le valieron que sus días como conscripto transcurrieran como copiador y arreglador de la banda de música del Regimiento de Patricios.

En ese servicio militar no faltaron malos momentos ni episodios de antisemitismo. Ante su falta de destreza para desfilar con la banda, un sargento primero responsable del entrenamiento llegó a decirle, delante de un gran número de reclutas, que “si hubiera nacido en Alemania ya lo habrían transformado en jabón”.

Robi recordaba que en el Regimiento de Patricios había otro chico judío, que residía en Brasil con su familia, y debió regresar al país para cumplir la conscripción. Tanto él como mi hermano pasaron a ser “los gringos”.

También sucedía a veces que Robi perdía arbitrariamente sus francos por la decisión repentina de algún militar. Llegamos a estar bastante tiempo sin noticias suyas. Había sido de los últimos de su clase en lograr la baja, en mayo de 1981. Su regreso a la vida civil representó un verdadero alivio.

Así que mi hermano ya no estaba dispuesto a volver a cumplir órdenes militares, menos aún en el marco de una guerra en la que no creía. Y no tardó en decidir que haría lo que fuera necesario para no ser enrolado. Mamá estuvo de acuerdo y papá se abstuvo de dar su opinión, como en la mayoría de las cuestiones de la vida familiar.

Mis padres habían llegado con corta edad a Buenos Aires. No podían imaginar por entonces que uno de sus hijos tendría nuevamente un destino migrante. Mis abuelos habían logrado huir a tiempo de la Alemania nazi, aunque varios de mis bisabuelos no corrieron esa misma suerte y fueron deportados a campos de concentración.

La rama familiar materna pudo emigrar inicialmente a Potosí, en Bolivia, y la paterna, a Tandil. Mi abuelo materno había conseguido trabajo como administrativo en una mina y el paterno, en un molino. Después, las dos familias pusieron rumbo a Buenos Aires.

Pero ahora se iniciaba un nuevo ciclo, que trazaría una cartografía distinta. Y, junto con el plan de partida de Robi, llegó simultáneamente la obligación de mantenerlo en un absoluto secreto. No podíamos contarle a nadie que él se iría del país y que, en caso que lo llamaran, no se presentaría.

Si convocaban a mi hermano para pelear en las islas, iba a convertirse en desertor, me explicó mamá. Y si lo declaraban desertor –término que comenzaba a sembrarme angustia– no podría volver al país. Malvinas comenzaba a perfilarse como nuevo punto de inflexión en mi historia familiar.

Mamá también me advirtió que, si alguien se enteraba del plan de Robi, eso podía poner en peligro su viaje. No pude confiárselo a mis amigas del colegio. Tampoco debían saberlo los vecinos. Así comencé a entrenarme en los duros entresijos del silencio. De un secreto que inquieta y corroe las entrañas, pero no puede compartirse con nadie.

Brasil me parecía tremendamente lejos. La elección del destino, San Pablo, fue sencilla, porque ahí teníamos familia materna y paterna. La encargada de alojar a Robi en su casa iba a ser mi tía abuela. Ella y su hermana –de un enorme parecido– se escribieron cartas cada semana de su exilio, hasta que mi abuela falleció.

Por entonces, no sabíamos si San Pablo sería apenas una escala de mi hermano hacia otro lugar; dependía de los acontecimientos en el Atlántico Sur y de las decisiones del gobierno militar. Casi como una premonición, mis padres habían mandado a Robi y Susi a comienzos de 1982 a unas inusuales vacaciones en Brasil. O sea que a mi hermano ese destino ya no le resultaba desconocido.

Yo seguía con ansiedad las noticias que llegaban desde las islas. En casa no había televisión, una de tantas prohibiciones a rajatabla que había impuesto papá. Recuerdo estar tirada en mi cama, sintonizando los noticieros de AM en una radio portátil naranja. De cada boletín informativo intentaba deducir las consecuencias posibles para Robi. Y si podría cambiar en algo la decisión tomada. Pero ya no había marcha atrás.

Mientras en la escuela escribíamos cartas a los soldados en Malvinas, me fui acostumbrando a guardar silencio sobre la noticia de la que nadie podía enterarse. Esa contradicción que sentí, la de una niña que a veces no puede dejar de entusiasmarse por esa guerra que su familia condena y de la que su hermano no será parte, se convirtió en el disparador para escribir “Ahora están todos contentos”. ¿Cómo se procesa en la infancia un secreto así? Intenté dar mi propia respuesta a lo largo de la decena de páginas de ese cuento.

Mi hermano finalmente partió de Buenos Aires la noche del 15 de abril de 1982. Recuerdo que se llevó un equipaje muy reducido, con apenas algo de ropa y no mucho más. Eso también me puso triste: hubiera deseado que se fuera con varias valijas y no con lo mínimo necesario.

Mamá se encargó de comprar el pasaje en micro, así como de llevar a Robi hasta la terminal de micros en Retiro. Aunque en el cuento me gustó tomarme la licencia de escribir que habíamos sido las tres mujeres de la familia –mamá, Susi y yo– las que habíamos ido a despedirlo.

¿Cómo impactó en mamá la ausencia de su hijo mayor? Jamás pude hablarlo con ella. En junio de 1983, murió de forma totalmente inesperada. Tenía solo 47 años, pero una esclerosis múltiple fulminante la dejó sin chances. El espejo se seguía rompiendo. Papá, encerrado en sí mismo, imponía sus férreas reglas en la casa. Una vez que Robi y mamá ya no estaban, esa distancia no hizo más que incrementarse.

Mucho después, supe los detalles del ingreso de mi hermano a Brasil con su pasaporte alemán, que se había vencido y logró renovar justo a tiempo para la partida. Cuando el micro de la empresa Pluma llegó durante la madrugada a la frontera en Paso de los Libres, un militar subió al bus y les ordenó a los ciudadanos argentinos que bajaran. Para evitar cualquier inconveniente, Robi –que ocupaba un asiento de la última fila– se hizo el dormido y no respondió al llamado.

Al rato, los pasajeros que habían descendido terminaron sus trámites y volvieron a subir. El chofer arrancó y el micro cruzó el puente que conecta Argentina con Brasil.

Años antes, mientras iniciaba su huida de Alemania durante el nazismo, nuestro abuelo materno también había atravesado un puente. Y solía contar que allí mismo decidió arrojar las llaves de su casa al río que corría debajo. Estaba convencido de que nunca más podría usarlas.

Varias décadas después, su nieto dejaba atrás otro puente para ingresar a Brasil como ciudadano alemán. La estadía provisoria de Robi en San Pablo finalmente se convirtió en residencia permanente, al igual que la de mis cuatro abuelos en Argentina.

A diferencia de algunos de sus compañeros en el regimiento, a mi hermano nunca lo llamaron para ir a Malvinas. O sea que jamás se le aplicó la figura del desertor. Pudo haber vuelto al país, pero por voluntad propia decidió armar allá su vida. Continúa hablando perfectamente español, impregnado de un ligero acento brasileño.

Durante muchos años –al igual que mi abuela con su hermana– nos cruzamos infinidad de cartas entre Buenos Aires y San Pablo. Considerábamos un avance del progreso que los sobres viajaran vía aérea. Había que usar un papel especialmente liviano, para que las cartas no pesaran demasiado. Nos daba enorme alegría ver asomarse los sobres con sus estampillas bajo la puerta.

Todavía conservo algunas cartas, amarillentas, en varias cajas de zapatos en lo alto de un armario. Después comenzamos a hablar ocasionalmente por teléfono, porque era muy caro, con las llamadas internacionales vía operadora. Le siguieron los mensajes de texto y, más recientemente, el WhatsApp y el Zoom.

Cada tanto, Robi regresa al país de visita. Entonces, nos miramos los tres hermanos en ese espejo partido, tratando de volver a reunir, por algunos días, los fragmentos de ese mapa disgregado.

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Gabriela Mayer. Escritora y periodista, le resulta inimaginable una vida sin escribir. Publicó los libros de cuentos “Los signos transparentes”, “Todas las persianas bajas, menos una”, “El pasado sabe esperar” y “Sueños como cuchillos”. Obtuvo premios y menciones en diversos certámenes literarios y sus relatos integran antologías y publicaciones de Argentina y del exterior. Colabora como periodista con Infobae Cultura y está a cargo del área de prensa del Goethe-Institut Buenos Aires. En su tiempo libre, disfruta jugar al vóley y caminar por su ciudad –también en el barrio porteño de Villa Santa Rita, donde vive–, descubriendo pasajes, librerías y cafés.

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